lunes, 20 de diciembre de 2010

"La batea"

El sol se asoma tímido en el horizonte cuando se encuentra Hilda en el rio con su batea haciendo el lavado de su ropa, a esas horas solo se escuchan los grillos estruja contra la piedra la última blusita de su niña Lucinda, en momentos fija la vista en el espeso verdor de los bosques aledaños al río, apresurada coloca la ropa exprimida en la batea y procede a caminar a su casa.
Cuidadosa procura no resbalar en el fango todavía húmedo por las torrenciales lluvias de la noche anterior, a lo lejos escucha unos pasos pero no se afana y sigue su camino sin preocupaciones, pasa por unos matorrales los cuales tiene que despejar con los brazos dejando a un lado la batea con la ropa.
Al salir del arbusto siente sigilos a su alrededor, el pánico se apodera de ella y la hacen permanecer inmóvil con la batea agarrada, temblorosa se esconde tras una peña tratando de recuperar la respiración, de superar el susto que la mantiene inmóvil por un buen rato.
Minutos después se levanta caminando por el sendero todavía temerosa, de repente siente a alguien muy cerca de ella se queda estupefacta el miedo no la deja hacer nada, de repente siente unos brazos toscos que la halan con fuerza, el hombre la carga y le pone una mano en la boca diciéndole: “Quietecita mami, que te vua a pone a goza” de momentos Hilda podía zafarse y gritaba con todas sus fuerzas: “Auxilio por favor, suértame animal” y lo golpeaba sin lograr nada pues el tipo era un negro alto y fornido.
Caminan rio arriba por el “Maomita” a ratos Hilda lo golpea con fuerza logrando lastimarlo un poco y el enfurecido le gritaba: “Amánsate, mujer der diablo , que lo que tu te cree vagabunda, e con un hombre que tu brega no ha nació mujer que me ponga un deo arriba mardita sucia” y la sumergió en el agua helada y la dejo por unos segundos intentando ahogarla y ella diciendo: “Hermano ombe déjeme ir , no me mate por favor, tengo una niña, por favor tenga piedad, por favor”
El hombre le dijo:”Tate mansa, deja que me divierta contigo y no me haga na, ahora e que tu va’ sabe lo que un hombre coño”, la tira bruscamente a la arena por unos instantes ella perdió el conocimiento, le rompe sin miramientos el vestido harapiento, se baja los pantalones y procede a tomarla salvajemente, haciendo bramidos como si fuera un caballo y a ratos decía: “Coge ahí mardita, verda que e bueno”, Hilda solamente lloraba del dolor, sintiendo nauseas del hedor que tiene el salvaje.
Cuando termino el energúmeno agarra a Hilda por el pescuezo gritándole: “Mira perra e mierda, ay de ti coño si tu le dice algo de esto a alguien que te buco y te mato basura!”
Ella sin poder hablar casi le dice: “Si esta bien lo que ute diga a nadie se lo vua decir, déjeme viva por favor mi niña me necesita”. Después de unos segundo mas ahorcándola la suelta, Hilda se siente desfallecer sin fuerza para levantarse en su mente resonando como un tambor las advertencias de Doña Tata que siempre le dijo: “Hirda mija no vaya tan temprano al rio a lavar que lo lomero rondan por ahí y eso son uno mardito cuidate no vaya sola” advertencias que siempre les hacia caso omiso diciendo para si misma “Por Dios aquí que me puede pasar?”
Dura una hora para reincorporarse y poder caminar, ha recorrido unos escasos metros cuando el hombre vuelve y la intercepta golpeándola salvajemente con una piedra, luego arrastra su cuerpo como harapo y se adentra con el al bosque…
Ese mismo día en la tarde una muchacha del pueblo que le dicen Penega encuentra la batea de Hilda diciendo: “Ay ombe mira la batea de Hirda, ¿que le habrá pasao a esa infeliz? no la he vito hoy”. Le responde Mencita: “ay mija el eposo de ella ta vuerto loco bucandola, el dice que ella salió a lavar tempranito y no regreso.
“Ay ombe, ojala no le haya pasao na, deja llévale la batea a su casa, espero la encuentren pronto”. Dijo Penega.
Al llegar a la humilde casa de Hirda Penega no pudo contener las lagrimas al ver a la niña llorando solita solo con sus pantis, y la niña al ver la batea de su madre le dijo: “ Pasame, la batea eso e de mamá, pásamela”.
Ella se la pasó y se quedo con la niña un rato la baña, la viste y se queda con ella hasta que llega Quiquito el esposo de Hilda con los ojos llorosos diciéndole bajito a Penega: “La han buscao por toda parte y no aparece, mi pobre mujer tan buena…que habrá hacio de ella…que vua hace ahora yo solo con eta niña…ahora que vua a hace Dio mio.”Penega lo abrazó y el hombre se desahogó con ella abrazándola.
Pasaron los días y sin ningún rastro de Hilda Pérez, la humilde hermosa mulata esposa de Enrique Tejeda, no se halló de ella rastro, su pobre hija fue la más afectada permanecía inmóvil con la mirada perdida y los ojos llorosos aferrada a la batea de su madre diciendo: “Mamá va’ vorve ella nunca me deja solita, ella va’ vorve…”